Txt: Nicolás Eliceche / Ph: Elvio Alcaraz
Qué frío hizo el sábado. Pero qué fuego hubo arriba del escenario.
Después de la suspensión del show previsto para el 5 de junio, tras la muerte del Indio Solari, Skay Beilinson regresó finalmente a Rosario para reencontrarse con su público. Era una fecha especial. No solo por la espera, sino porque fue el segundo recital que el exguitarrista de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota realizó después de la partida del Mister. Y eso, de alguna manera, se sentía en el ambiente.
La temperatura era insoportable, pero poco importó. La Segunda Arena estaba completamente agotada. Desde que llegamos, el clima era el de un verdadero ritual ricotero. Puestos con remeras, cerveza en las manos, botellas cortadas convertidas en vasos improvisados y grupos de amigos cantando en la previa. El frío era intenso, pero el rock podía más.
Ya adentro nos llevamos una sorpresa. En Rockógrafo tenemos un rincón al que solemos ir siempre en La Segunda Arena. Es un lugar donde se ve perfecto, el sonido llega impecable y, generalmente, no hay demasiada gente. Esta vez fue imposible. Nuestro “lugar de siempre” estaba completamente ocupado. Ahí terminamos de entender la magnitud de la convocatoria, La Segunda Arena estaba explotado.
El recital estaba anunciado para las 21, pero comenzó cerca de las 22. La explicación era sencilla, la gente no dejaba de entrar.
Y cuando las luces se apagaron, apareció él.
Qué viejo rockero.
La frase la tiró Elvio “Rockógrafo” Alcaraz durante el show y resumió perfectamente lo que estábamos viendo. No importa la edad. Skay sigue siendo el rock hecho persona. No para un segundo, recorre el escenario, toca con una intensidad admirable y mantiene esa presencia que pocos músicos conservan después de tantos años.
Fueron 21 canciones atravesadas por solos de guitarra, bajo y batería que hicieron honor a una banda que nunca necesitó demasiados artificios para sonar enorme.
Hace tiempo que Skay construyó una identidad propia, lejos de vivir únicamente de la nostalgia ricotera. Quien lo sigue sabe que sus listas de temas están formadas mayormente por su carrera solista, dejando apenas algunos clásicos de Los Redondos como momentos especiales de cada noche, pero esta vez la nostalgia fue más grande.
En Rosario sonaron Todo un palo, Criminal Mambo, Ji ji ji y en el segundo enconre El pibe de los astilleros / Nuestro amo juega al esclavo. La arena explotó. Miles de voces cantaron cada palabra mientras inevitablemente aparecía el recuerdo del Indio. En uno de esos momentos, Skay levantó la vista, señaló hacia el cielo y lanzó un beso. Un gesto breve, pero cargado de significado.
El año pasado también estuvimos presentes en su show en Rosario. Sin embargo, esta vez la sensación fue distinta. Hubo algo más crudo, más intenso, más rockero. Tal vez el contexto hizo que cada canción pesara diferente. Tal vez simplemente fue una de esas noches donde todo encaja.
Lo cierto es que Skay volvió a demostrar por qué sigue siendo una figura indispensable del rock argentino. No necesita grandes discursos ni puestas monumentales. Le alcanza con una guitarra, una banda ajustadísima y un repertorio que sigue haciendo vibrar a varias generaciones.
Con un frío que calaba los huesos, Rosario volvió a vivir una noche inolvidable.
Y con Skay, no hay con qué darle.

